domingo, 10 de octubre de 2010

Un mormón vs. Los Sin Vergüenza

Anoche mientras esperaba pacientemente ser atendido en una farmacia de Sauces 5, observé cómo un auto se estacionó frente a dicho local.  Del auto salió una mujer de aproximadamente 50 años de edad.  Como es costumbre, al menos para algunos, supuse que la señora dirigiría sus pasos hacia mi espalda, luego de lo cual esperaría a que yo me vaya para hacer su pedido.  Con asombro, y con un silencio muy parecido a la estupidez, miré cómo ella caminó directamente al mostrador y sin saludar inmediatamente puso una receta encima y pidió algunas cosas.  No puedo describir el sentimiento que me embargó en aquel momento, pero estoy seguro que no fue rabia ni coraje.  ¿Fastidio? A lo mejor.  ¿Decepción? Positivo.

Estuve 'a un pelito' de abrir mi boca, y sin ánimo de contender o iniciar una discusión sobre cuál de los dos es más importante,  y decir: "Señora, yo llegué primero.  ¿No cree usted que deberían atenderme antes?"  Sin embargo, como de costumbre, escogí quedarme en silencio y la miré detenidamente y pensé en el metrovía.

¡Ay de ti, Metrovía!  De los servicios públicos, el metrovía es probablemente uno de esos en donde a diario hay por lo menos una 'quiñiza'.  A lo mejor no llegan a los puñetazos, pero menos de insultos no se puede esperar.  Día tras día me veo obligado a ser testigo inmóvil de la falta de consideración de muchas personas hacia mi y hacia otros en mi posición.

Cuando espero el bus dentro de la estación del metro siempre busco la fila y me pongo al final, donde me toca.  Al comienzo lo miraba con ira, pero luego esa ira se convirtió en un '¿qué más da?': Mientras decenas de personas hacemos fila y esperamos pacientemente viene un grupo de "sabidos(as)" que "a la olla" se pone de pie junto a la puerta de ingreso al bus y entra antes que los de la fila.  Siempre está el grito de "¡Oye, a la fila!", pero por mi experiencia he llegado a la conclusión de que estas personas son inmunes a la vergüenza y a los justos reclamos de los afectados.  ¿Cómo se definiría a estas personas? ¿Sin vergüenzas?

¿Qué más da? ¿Qué se puede hacer?  El título de esta publicación bien podría ser ¿Por qué los países desarrollados son desarrollados?.  Seguramente en Suiza uno no padece estas "enfermedades".  O en Dinamarca, o Alemania.  En Estados Unidos sí, seguramente.  Hemos llegado a ser iguales a ellos, o ellos a nosotros, en ese aspecto.  Importamos lo desagradable del primer mundo y exportamos lo vil y desquiciado de nuestro tercer mundo.  ¡Qué buenos comerciantes!

Son pequeños hábitos y delicadezas, los que a mi criterio, hacen la diferencia entre la vida de una persona y otra.  Esto repercute en todo aspecto de la vida: cuál de los dos tiene un mejor trabajo, cuál tiene novia más bonita, cuál tiene más amigos (y mejores), y si su entorno es igual a él/ella, qué tan bueno es vivir dentro de esa sociedad.  Esto marca la diferencia entre familias, ciudades y países. E iglesias.

Es el momento de las preguntas.
  1. ¿Qué habrían hecho ustedes en mi caso? ¿Reprochar o no a la mujer en la farmacia?
  2. La falta de cultura influye en el desarrollo de una sociedad.  ¿V o F?
Soy todo ojos.

martes, 5 de octubre de 2010

11 ventajas y desventajas de mascar chicle

Por Helen Sandstrom

En contra

REDUCCIÓN DE PESO PELIGROSA

El sorbitol que contienen algunos chicles sin azúcar es un laxante que puede ocasionar diarrea crónica y dolor estomacal si se ingiere en exceso. “No hay que consumir más de cinco gramos de sorbitol por día”, dice Jurgen Bauditz, gastroenterólogo del Hospital Universitario Charité de Berlín. “Las personas desean adelgazar, pero al mascar ciertos chicles no se dan cuenta de que están tomando laxantes”.

HÁBITO DESAGRADABLE

“Mascar chicle en público no es muestra de buenos modales”, señala Lucinda Holdforth, australiana experta en reglas de etiqueta. “Teníamos que tolerar bocas abiertas, una masticación incesante al hablar y, lo peor, chicles que terminan en las aceras o pegados bajo las sillas. “Las personas que mascan chicle me recuerdan a los bebés con juguetes en la boca”.

FENILALANINA

El aspartamo, edulcorante usado en algunos chicles sin azúcar, contiene fenilalanina, una sustancia peligrosa para quienes padecen fenilcetonuria, enfermedad hereditaria que afecta el desarrollo del cerebro (los chicles que la contienen llevan una leyenda de advertencia). Pero para los adultos sanos, la fenilalanina es inocua, dice Bernadene Magnuson, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Toronto. Habría que mascar más de 290 chicles para exceder el límite seguro.

LIMPIEZA COSTOSA

Quitar los chicles de las veredas es un trabajo difícil: cada pieza debe rasparse a mano o arrancarse con una máquina especial; además, es muy caro: en algunas ciudades, despegar un chicle del suelo cuesta más del doble de su precio en los quioscos. Y que cada día se tiren miles de chicles en las calles plantea también un problema de salud: se calcula que en cada uno puede haber 50.000 gérmenes patógenos, y es muy difícil evitar que niños y mascotas tengan contacto con ellos si están en el suelo.

DOLOR MANDIBULAR

“Mascar chicle fuerza las articulaciones témporo-mandibulares, y si estas se desgastan, el cierre de la boca se altera”, advierte Michael Benninger, presidente del Instituto de Cabeza y Cuello de la Clínica Cleveland, en Ohio. “Esto es poco común”, dice el dentista australiano Peter Alldritt, “pero si suele apretar los dientes al dormir, no abuse del chicle: con sólo 20 minutos de mascar se agravará su dolor de mandíbula”.

 A favor

REDUCE LA ACIDEZ EN LA BOCA

Mascar chicle aumenta al doble el flujo de saliva, lo cual es su mayor beneficio. “La saliva es esencial porque sus enzimas neutralizan el ácido de alimentos y bebidas”, dice el doctor Peter Alldritt. “El chicle neutraliza el ácido bucal en unos 20 o 30 minutos, cuando normalmente eso lleva cerca de una hora”. Además, la saliva contiene calcio y fosfato de hierro, que son benéficos para los dientes.

SUPRIME EL APETITO

Investigadores de la Universidad Estatal de Louisiana descubrieron que las personas que mascan chicle tres veces por hora después del almuerzo comen menos golosinas ricas en calorías. Esas personas redujeron entre 40 y 60 calorías su ingestión diaria de golosinas, dice Paula Geiselman, del Centro Pennington de Investigación Biomédica, en Louisiana. La experta atribuye esto a “la saciedad sensorial específica”. “La sensación agradable que produce un alimento disminuye al comerlo poco después, al igual que el antojo por él”, explica. “Al mascar un chicle dulce, se reduce el antojo de comer cosas dulces”.

REDUCE LA CARIES

El xilitol, edulcorante que se añade a algunos chicles sin azúcar, podría reducir la caries. “El xilitol inhibe el crecimiento de Streptococcus mutans, la principal bacteria causante de caries”, dice el profesor Jason Tanzer, de la división de medicina bucal de la Universidad de Connecticut. “También existen pruebas de que el xilitol evita que esa bacteria ataque el esmalte de los dientes”.

AUXILIAR CONTRA LA ACIDEZ ESTOMACAL

El chicle puede reducir incluso la acidez estomacal. “El mayor flujo de saliva facilita el paso de los alimentos sólidos y líquidos a lo largo del esófago, y ayuda a neutralizar el ácido en este órgano”, señala David Bartlett, del Instituto Dental del King’s College de Londres. Hay que elegir chicles con sabor frutal y evitar los de menta. Esta agrava la acidez porque relaja el esfínter esofágico inferior y permite el reflujo.

MITIGA EL ESTRÉS

Mascar chicle tiene un efecto calmante. En un estudio realizado en 2008 en Australia, se observó que mascar chicle sin azúcar reducía la ansiedad en más del 17 por ciento en situaciones estresantes. “Esto podría deberse al mayor flujo de sangre al cerebro”, dice Andrew Scholey, autor del estudio. Por otro lado, investigadores estadounidenses creen que el efecto relajante del chicle también favorece el aprendizaje. “Descubrimos que los estudiantes que mascaban chicle mejoraban sus calificaciones en matemáticas”, señala Craig Johnston, experto en nutrición infantil de la Universidad Baylor, en Texas.

VEHÍCULO PARA MEDICAMENTOS

Los chicles con nicotina han ayudado a muchísima gente a dejar de fumar, y los investigadores ahora estudian otros usos medicinales del chicle. En Canadá se está probando un chicle para enfermos de diabetes de tipo 2 que contiene metformina, fármaco que controla la glucosa. Hoy día este se vende en tabletas, pero pronto podría haber una versión en chicle dulce para niños.

El veredicto

Todos los expertos coinciden en que el chicle es beneficioso para nuestros dientes y encías, pero algunos no avalan las afirmaciones que indican que puede suprimir el apetito o ayudar a aprender matemáticas.

Muchos de los estudios que afirman esto han sido financiados por fabricantes de chicles, lo cual los desacredita ante los investigadores serios. “El único propósito de esos estudios es vender más chicles”, advierte Marion Nestle, profesora de Nutrición, Alimentos y Salud Pública en la Universidad de Nueva York.

Michael Benninger, el presidente del Instituto de Cabeza y Cuello de la Clínica Cleveland, en Ohio, dice que no tenemos nada que perder si mascamos chicle. “Las desventajas son mínimas”, asegura. “Los estudios indican que mascar chicle sin azúcar después de las comidas ayuda a prevenir la caries. Muchos de esos estudios son financiados por la industria del chicle, pero sus conclusiones tienen sentido: mascar estimula el flujo de saliva”.

“El chicle en sí no obra milagros”, se apresura en aclarar el doctor Peter Alldritt. “Es la acción de mascar lo que en realidad favorece los dientes y las encías. “Lo importante es mascar; es el estímulo para producir saliva. Se puede lograr lo mismo comiendo un trozo de queso duro al final de las comidas: también estimula el flujo de saliva, y aporta calcio, caseína y fosfato de hierro”. Desde luego, la ventaja del chicle es que resulta práctico.

“A diferencia del queso, se puede llevar en el bolso de mano o en un bolsillo”.

domingo, 3 de octubre de 2010

La Nueva Ley de Murphy

Estimados lectores,

me topé con este artículo muy interesante.  Me reí mucho porque todo lo que dice es cierto (excepto la parte que critica a la economía -Dios es economista).

Ahí les va:




Las leyes de Murphy ya son un clásico y… ¿quién no les echó la culpa alguna vez? Lee las “7 nuevas leyes de Murphy” y sigue encontrando culpables.

1- Ley de la telefonía:

Cuando lo llaman,

  • Si tiene lápiz, no tiene papel...
  • Si tiene papel, no tiene lápiz...
  • Si tiene ambos, nadie lo llama.

2- Ley de la atracción de las partículas:

  • Toda partícula que vuela siempre encontrará un ojo abierto.

3- Ley de la búsqueda indirecta:

  • Siempre encontramos aquello que no estamos buscando.

4- Ley de la administración del tiempo:

  • Todo lleva más tiempo que todo el tiempo que tiene disponible.

5- Ley de la gravedad:

  • Ochenta por ciento del examen final estará basado en la única clase que perdió, y en el único libro que no leyó.
  • Cada profesor parte del supuesto de que no tiene más que hacer que estudiar su materia.

6- Ley de la caída libre:

  • Cualquier esfuerzo para atrapar un objeto en caída libre provoca más destrucción que si lo dejáramos caer naturalmente.
  • La probabilidad de que el pan caiga con el lado de la mermelada hacia abajo es directamente proporcional al valor de la alfombra.

7- Guía práctica para la ciencia moderna:

  • Si se mueve, pertenece a la biología.
  • Si huele, a la química.
  • Si no funciona, a la física.
  • Si nadie entiende, a las matemáticas.
  • Si no tiene sentido, es economía o psicología.
  • Si se mueve, huele, no funciona, nadie entiende, y no tiene sentido... ¡es INFORMÁTICA!

Una Obra Buena Cada Día

Con un poco de voluntad, todos podemos dar o hacer algo por los demás. Es un día normal entre semana, y estoy ocupada con un montón de cosas en la oficina de mi casa: investigar y escribir, hacer llamadas telefónicas, poner una o dos cargas de ropa en la lavadora...
Durante las pausas, uso mi red de correo electrónico para ayudar a una mujer a localizar a un perro que mordió a su hijo hace poco. Corro a ayudar a una vecina mía que es viuda a resolver los problemas que tiene con su computadora. Preparo masa y meto al horno una decena de panquecitos de chocolate para regalárselos a unos vecinos solitarios.
Ninguna de estas acciones me quita mucho tiempo, ni tampoco esfuerzo o dinero. Confieso que, hasta hace poco, no habría podido creer que fuera tan fácil ayudar o alegrarle el día a alguien, pero ahora no me sorprende. La razón es que he alcanzado mi meta de hacer una obra buena al día durante 50 días seguidos. ¿Soy una hermana de la caridad? En absoluto. ¿Hacer una obra buena al día me parecía difícil? Sin duda.
La mayoría de mis jornadas son agotadoras. Trabajo ocho horas al día, al igual que mi esposo, Ian, y también me ocupo de mi hija, Emily, de 10 años. Cuando no estoy en mi oficina ganándome el sustento como redactora independiente, estoy cocinando, limpiando o pagando cuentas. Llevo a mi hija a la escuela, a su ensayo en un coro y a sus clases de natación. Todos los días ayudo a mi esposo, que es cuadrapléjico. Como millones de personas, me falta tiempo y cuido el dinero.





Es una lástima que muchos de nosotros no podamos contribuir a nuestra comunidad o al mundo en general por estar tan ocupados. Durante años yo también creí que costaba mucho tiempo, dinero y esfuerzo hacer algo por los demás, pero todo cambió cuando puse en marcha mi plan de hacer una obra buena cada día.

En la primavera de 2006 me sentí inspirada por algunos retos de otras personas, como el Proyecto Julie/Julia, de una joven trabajadora y bloguera llamada Julie Powell que se propuso cocinar en un año las 524 recetas incluidas en un libro de la famosa chef estadounidense Julia Child. El proyecto de esa joven fue llevado luego al cine en la película Julie y Julia. Decidí encarar un reto parecido.
Mi hija fue mi principal inspiración. Emily sabía que su papá y yo ayudábamos económicamente a una niña adoptada que vivía en Egipto, donábamos ropa usada y dábamos dinero a las personas que recaudaban fondos de casa en casa para obras benéficas. Sin embargo, quería demostrarle que podíamos hacer más, así que decidí hacer una obra buena al día durante 50 días seguidos.

La primera semana tuve dudas de poder lograrlo. Busqué ideas en Internet. Cuando salía a la calle, trataba de hacer algo bueno para cubrir mi cuota. Un día, en el estacionamiento de un supermercado, quité un par de carritos que alguien había dejado en un lugar para discapacitados. En otra ocasión guié a un hombre ciego por la estación del metro, y él me dio las gracias sonriendo.
A veces me costaba trabajo encontrar maneras de ayudar, así que hacía cosas a las que no estaba acostumbrada. Llevé flores de mi jardín a un hogar para ancianos. Recogí basura en un parque público ante las miradas de sorpresa de las familias, y yo sólo deseaba que mi acción les sirviera de ejemplo para hacer lo mismo.

Sin embargo, al cabo de unos días, todo me resultó más fácil. Sentí un poco de culpa por la simpleza de mis acciones. Las intercalaba con mis otras tareas diarias de una manera que me convenía. Pero, ¿no se trataba de eso justamente? ¿Acaso las obras buenas tienen que ser complicadas? Aunque muchas de las cosas que había hecho eran sencillas —no fundé un orfanato ni salvé de morir a nadie—, sabía que mis granitos de arena estaban ayudando a otros.

Por supuesto, obrar bien tiene sus riesgos. Una tarde, a bordo de un tranvía, estaba agachada recogiendo unas hojas sueltas de periódico cuando de repente una mujer pasó junto a mí y me pegó en la cabeza con su enorme bolso. Regresé adolorida a casa, pero con la satisfacción de haber hecho lo correcto. Otras obras buenas se quedaron en el intento. Fui a donar sangre, pero como no pudieron clavarme la aguja de la jeringa en ninguna vena, me enviaron a casa. En otra ocasión, traté de darle comida a una mujer indigente, pero no la quiso porque era vegetariana (sin embargo, aceptó con gusto algunas monedas).
Otras acciones mías tuvieron efectos muy gratos. Conseguí la dirección de mi maestro de creación literaria del bachillerato y le envié una carta de agradecimiento por el estímulo que me dio años atrás. Él me respondió con una nota efusiva, y así iniciamos nuestra presente amistad.
Todas las noches, a la hora de cenar, les contaba a mi esposo y a mi hija mi obra buena del día. Decidieron seguir mi ejemplo, y pronto ellos me contaban las suyas. Emily emprendió una campaña de recolección de basura en su escuela, y Ian un día auxilió a una mujer mayor que sufrió una caída en la calle; le pidió a un transeúnte que llamara una ambulancia, y mi marido consoló a la señora hasta que llegó la ayuda. Incluso mi padre, quien vive en otra ciudad, un día telefoneó para contarnos una extravagante obra buena que había hecho por la mañana: ¡detuvo el tránsito vehicular en seis carriles para que una mamá pata y sus dos patitos pudieran atravesar un cruce de calles!
Al igual que yo, Emily se tomó como un reto hacer buenas obras. Un día, al volver a casa de la escuela, recogió una maceta de geranios de unos vecinos que el viento había derribado, enderezó las flores y la devolvió a su sitio. En otra ocasión me ayudó a recolectar víveres en el vecindario para un banco de alimentos. Fuimos a entregarlos y, en el camino de regreso, Emily me dijo con orgullo que quería trabajar allí algún día.
En la última semana descubrí que yo también había cambiado. Al principio no estaba segura de poder hacer una obra buena al día, pero al final lo hacía con toda naturalidad. Estaba más consciente de lo que pasaba a mi alrededor, de lo que urgía resolver. Sentía una mayor responsabilidad de actuar cuando veía a alguien en apuros, en vez de mirar hacia otro lado. Sentí que, de algún modo, había despertado.
El día 50 me felicité por haber superado el reto. Lo más importante fue darme cuenta de que la mayoría de mis obras buenas me habían llevado menos de 15 minutos, no me costaron un centavo y, sin duda alguna, le habían servido a la gente.
El día 51 me llevé una sorpresa: de pronto me sentí obligada a recoger la basura tirada en el suelo de un baño público. Resultó que 50 días de obras buenas habían formado en mí un hábito que aún perdura. Ahora hago más obras buenas de las que solía hacer, al igual que mis familiares.
Cuando les cuento a otras personas sobre mis 50 obras buenas, muchas de ellas me hablan de sus propios actos generosos. Esto me lleva a creer que a la gran mayoría nos emociona hacer algo útil o grato para los demás.

¿Por qué sentimos un impulso tan fuerte de ayudar a otros? Una teoría señala que las personas bondadosas tienen más probabilidades de educar bien a sus hijos que las que sólo aspiran a realizar actos de bondad. Se puede decir, por tanto, que la evolución favorece a los seres humanos más amables y compasivos.




31 obras buenas...y un mes de satisfacciones plenas.

1. Donar ropa usada.
2. Barrer la acera de los vecinos.
3. Ceder el paso a los peatones en los cruces sin semáforos.
4. Visitar a un familiar o amigo que  esté confinado en cama.
5. Ser amable con un desconocido.
6. Ayudar a una mujer con niños a llevar a su auto las bolsas del supermercado.
7. Escuchar con empatía a una persona que lo necesite.
8. Recoger la basura tirada en un parque público.
9. Llevar un postre casero a una estación de bomberos.
10. Cocinar un día para una pareja que acaba de tener un bebé.
11. Mantener abierta la puerta para que pase otra persona.
12. Hacer un donativo a alguna organización altruista.
13. Ceder el turno en la fila de un banco a una persona mayor.
14. Donar sangre.
15. Regalar juguetes o materiales de juego a una guardería.
16. Pintar o limpiar una pared con grafitos en un lugar público.
17. Hacer un trabajo voluntario en un hogar para ancianos.
18. Dejar una buena propina y dar las gracias a un mesero servicial.
19. Donar libros a una escuela.
20. Enviar una nota de apoyo a una persona que esté pasando un momento difícil.
21. Ofrecerse a cuidar al hijo o los  hijos de un amigo o vecino que lo requiera.
22. Unirse a una colecta de fondos para fines benéficos.
23. Avisar a todo conductor que, al bajar de su auto, haya dejado encendidas las luces.
24. Ceder el asiento a otra persona en un transporte público.
25. Pagar una cantidad extra por un artículo a un artesano pobre.
26. Visitar o telefonear a una persona mayor que viva sola.
27. Donar un día de sueldo a la Cruz Roja.
28. Llevar una caja de galletas a la oficina y repartirlas.
29. Enviar una carta de felicitación a un servidor público que haga bien su trabajo.
30. Invitar a desayunar o comer a un niño indigente.
31. Apoyar con favores o palabras a una persona sin empleo.